Última edición Staff Links Contacto Instituto Clínico de Buenos Aires Seguinos en FacebookSeguinos en Facebook
Consecuencias
 
Edición N° 24
 
Octubre 2020 | #24 | Índice
 
Confinamiento y síntomas en la práctica con niños [1]
Por Claudia Lijtinstens
 
Claudia Lijtinstens

La interrupción de la presencia diaria en las instituciones escolares, recreativas, asistenciales, la abrupta e imprevisible ruptura con la serie alternante de la concurrencia cotidiana a puntos de socialización y encuentro y la eternización de la vida compartida dentro del hogar generaron, en todos –pero particularmente en los niños y jóvenes de los que nos ocupamos– formas muy particulares de arreglárselas con ello, arreglos que adoptaron formas diversas hasta poder desplegarse, respuestas algunas eficaces y otras no tanto a las que, como operadores de la salud, debimos alojar y volver a poner en serie con lo que cada uno ya venía inventando, desplegando, tratando o construyendo en torno a sus ficciones, a sus síntomas, a aquello que se pone en cruz, para hacer frente a los nuevos desafíos.

Es decir, frente a lo nuevo que implicó esta modificación en las condiciones de vida, cada uno ha reaccionado, en un primer momento, apelando a los recursos subjetivos disponibles, a sus condiciones históricas para afrontar nuevos escenarios, para sostenerse en la vida y adaptarse a ello.

Hoy –todos seguramente estamos de acuerdo en esto– escuchamos a niños y jóvenes cuyos síntomas han aflorado con mayor bullicio, con mayor agitación o cambios substanciales del humor.

Ellos hablan de los fenómenos que experimentan en su cuerpo, des–investidos de libido, con escasa intención de lazo, capturados en episodios de franca inhibición –que objetan las diversas formas de lazo– o de marcada extroversión –ira u hostilidad que también ponen en cuestión la posibilidad de ese lazo–. Y hoy lo manifiestan con formas más recurrentes en sus miedos, en sus pesadillas, en sus acting, con modos más profundos en su desorientación, más extremas de su desgano o de su repliegue.

Y si bien es cierto que, en un primer momento, las respuestas frente a estos cambios mostraron una inercia que hizo pensar en que, para muchos, esta pausa no implicaba mayores desafíos, que, para algunos –más aún– significó un alivio de las exigencias que el lazo social y el discurso traían aparejadas, con el correr de los meses estos arreglos provisorios comenzaron a ceder, dejando paso a la angustia, la iteración, la agitación corporal y el malestar generalizado.

Frente a ello, como psicoanalistas nos disponemos a “escuchar” los modos de tratar esos desarreglos, arreglos identificatorios; escuchamos la lalangue familiar, esa que encierra modos pulsionales no dichos de enlazarse, siempre opacos para cada uno.

Y, Ofrecemos una oportunidad de cernir la contingencia de ese fenómeno, de ese síntoma, de ese sufrimiento, entramándolo por el lado del saber/amor o por el lado del objeto pulsional y el semblante, como una vía privilegiada para hacer lugar y restituir un lazo al Otro, a un significante vivo, aliviando el sufrimiento, y puntuando este presente infinito.

Ese es el lugar al que un psicoanalista ofrece advenir.

Proponerse como un significante vivo, un cuerpo que acompaña al sujeto a desprenderse de la absorción por la imagen sin palabras, desde una “singularidad material”[2], desde una presencia libidinal. Una singularidad que acerca la materialidad del significante para que lo simbólico pueda perforar lo imaginario, y permita emerger alguna ficción para entramar lo inentendible de la pérdida de espacios y lazos.

Así es posible producir, para cada uno, una posible significación de lo traumático, de lo que hace trauma para cada uno, en ese fino entrecruzamiento entre el cuerpo y las palabras. Una significación que será siempre singular, no generalizable, a pesar del peso que tiene el hecho de que todos nos encontremos en una situación colectiva similar.

Y es que lo traumático es lo que para cada uno se vuelve –silenciosa o estridentemente– insoportable, disarmónico, excesivo, pero que esta de algún modo siempre presente.

Frente a ello, frente a lo insoportable de la situación de propagación viral que se ha implantado hoy en la vida cotidiana, también el psicoanálisis propone interpretar y perturbar el confort que el confinamiento alienta, el adormecimiento que la misma virtualidad provoca, para prontamente poder prescindir de ella.

Lo que ya estaba en la época de la inmersión virtual….

Si bien no es posible aún precisar cambios identificables en la subjetividad de esta nueva época que atravesamos, sí podemos apoyarnos en algunas características de la subjetividad contemporánea, de sus ya descriptos paradigmáticos regímenes de satisfacción, para pensar el marco en el que estas nuevas condiciones sociales absolutamente globales que nos afectan inciden en cada uno, y especialmente en los niños y adolescentes.

Los cambios que este fenómeno está imponiendo sobre las formas y la disponibilidad de la escuela y los aprendizajes, de los juegos compartidos, del acceso al encuentro con los otros, del uso de las redes sociales, etc. inciden en un sujeto que ya se encontraba condicionado por los fenómenos tan generalizados del increencia en el Otro como autoridad y del Otro como saber, sumergidos en la infinita temporalidad del Uno solo.

No podríamos leer, entonces, el acontecer de esta coyuntura sin introducir una apreciación de la Subjetividad contemporánea desde esa lectura que propone el psicoanálisis respecto a la virtualidad y sus efectos, enunciando tal vez la hipótesis que: Lo pandémico acentúa la proliferación del Uno Solo. (Uno solo, sin el Otro del saber, de la Autoridad, Uno solo del autoerotismo)

Si en el sujeto actual el “deseo” y la “satisfacción” quedan condensados en un mismo tiempo y espacio –tal como sucede con los funcionamientos subjetivos vinculados a la adicción– ese generalizado empuje al consumo y a la satisfacción es una condición que también se revela de manera generalizada en los niños, cuestión que se evidencia en las dificultades que muchos muestran para el registro de las pérdidas (y hasta de la identificación de sus propias satisfacciones).

La lógica del uso y el desuso que rige en la actualidad de los lazos se cristaliza en valoraciones mercantilizadas de los encuentros, que producen la deriva hacia un sujeto anónimo, intercambiable, escasamente identificable. Ejemplo de ello son los adolescentes participantes en los grupos de video–juegos, donde se hacen existir descomunales grupos de “pares” que se identifican por una habilidad, por un rasgo de goce, pero con quienes es casi imposible el encuentro cuerpo a cuerpo. O también los espacios de citas online, en los que los sujetos no son más que perfiles posibles de ser consumibles o descartados.

Entonces, quisiera plantear algunas condiciones que considero se deben preservar en una intervención mediada ahora por las pantallas, por la virtualidad, que siga dignificando al sujeto, diciendo que al Inconsciente e interpelando el no del sujeto.

1–Es posible el uso de la virtualidad, si no se eterniza…

La introducción de un S2, un saber, frente al acontecimiento de discurso que implica lo pandémico mismo (A. Cosenza, 2020), ese significante Amo bajo el cual todos se encuentran involucrados, es una orientación en el trabajo clínico que es perfectamente posible de poner en juego en las intervenciones telefónicas o a través de las pantallas.

Una clínica que tenga en el horizonte acompañar a un sujeto en el esfuerzo de entramado de una significación a eso indecible; de cernir, de recortar, de ese “todo” de pura pérdida, la fisura de cada uno. Y también los modos defensivos, el propio modo pulsional de tratar esa pérdida y de suplirla sintomáticamente

Esto posibilita, por otro lado, preservar el lazo transferencial, libidinal que le permite a cada niño recortarse entre otros, recortarse del otro, identificando los propios significantes o insignias que lo nombran como un hallazgo memorable.

Ej.: Así lo manifestaba un niño en su esfuerzo por producir algún anudamiento simbólico. Luego de un trabajo intenso bajo transferencia en el que se lo acompañó en puntuar e introducir alguna medida simbólica, trasmitía, ahora por video–llamada, su angustia porque sus padres iban a “…volverse viejitos y porque se mueran…”. Algo de la finitud comenzó a ingresar, en alguien que no podía registrar ningún tipo de límites, y para quien fue esencial contar con el analista como partenaire activo de esa elaboración.

2–No–todo intervención telefónica

No se trata de una acción de compensación o restitución de aquello supuestamente no accesible (como se intenta con los programas educativos o sanitarios ante el confinamiento) sino una operación que introduzca una articulación a la manera del fort–da, (ausencia–presencia) que haga ingresar, en la ausencia, la presencia del espacio del dispositivo analítico, con la presencia libidinal del analista, ahora en otra configuración. Favorecer el descompletamiento o la subversión del discurso del Amo educativo, sanitario, introduciendo alternancias, desmarcándonos del lugar del saber y la sumisión a la norma, de la ética de las buenas intenciones, de los ideales didácticos o preventivos del Otro de la cifra.

Ej.: El caso de un joven concurrente a un CET sobre quien la tele–asistencia sólo redobló la batería de prácticas de rehabilitación de las que era objeto previo al aislamiento obligatorio. Eso nos exigió utilizar las llamadas o video–conferencias, justamente para seguir descompletando este furor curandis del que era objeto, hasta en lo familiar mismo.

No accediendo a la demanda de formular una rutina de horarios de encuentros logramos vaciar, ahuecar esa demanda, y el fastidio y rechazo del joven comenzaron a ceder. Hasta que una noche, desde su habitación, casi a oscuras y en secreto, el joven se comunicó con uno de sus intervinientes relatándole con mucho ánimo y vitalidad, lo que pensaba hacer en la institución cuando retornara, a quiénes quería ver, con quiénes iba a hablar, …ahora sí, recortado de la mirada del Otro.

3–Verificar el consentimiento del niño.

Más allá de que la intervención con un niño exige siempre el consentimiento de sus padres, su proximidad ahora para mediar en el uso del teléfono o de la conexión a las redes, torna la tarea de cuña o separación que se espera del acto analítico, algo más difícil.

Es preciso poder servirse de los padres –en tanto acercan la tecnología al niño– para poder, luego, prescindir de ellos, para poder hacer lugar a ese consentimiento singular del niño. Y es que el consentimiento implica el ejercicio por parte del niño de cierta responsabilidad de tomar la palabra, o de ocupar un lugar en el discurso propuesto, un decir que sí.

Ej.: Así trasmite, hoy, un niño quien, en un primer momento del confinamiento manifestó no necesitar seguir acudiendo a las consultas, pero que, recientemente, solicita a sus padres retornar al dispositivo analítico, en plena cuarentena, para poder transmitir a su analista su decidido rechazo a ciertas condiciones del Otro: Ej:– a incluirse en clases “virtuales” en las que, interpreta, es todo/mirado;– a la experiencia vivida como retraso por no presentar las tareas a tiempo (que le actualiza su síntoma retentivo tan cuidadosamente desmontado bajo transferencia); y, –principalmente, a no ser consultado por sus padres acerca de la nueva distribución horaria en la tenencia compartida. Frente a eso, manifiesta enfáticamente: “¡Yo decido que no!” respuesta que toma la dimensión de una defensa a ser tomado como objeto pleno del Otro. Este decir, tan sólida y esforzadamente construido por el niño bajo transferencia, es tomado por la analista y reafirmado, aunque recordándole que su decisión también incluyó, en otro momento del trabajo analítico y con efectos de un vivo consentimiento, decir que sí al acceso a algunas demandas sociales que involucraban su cuerpo, q dieron lugar a una remisión del síntoma.

4–Leer el estatuto del encierro, (lo íntimo y lo extraño)

Muchos niños (especialmente algunos autistas para quienes el confinamiento tiene cierta sintonía con sus modalidades defensivas) logran aprovechar la “comodidad” que ofrece la no exigencia de lazo implícita en el distanciamiento social.

Por ello, debemos evitar hacer consistir nuevos fenómenos de rechazo, evitar recrear un “encierro dentro del encierro”, favoreciendo algo del respeto por lo íntimo de ese sujeto.

Pero este “encierro con otros” en el que todos estamos sometidos también puede hacer aparecer formas paradojales del lazo, por lo que se hace preciso ubicar con precisión el estatuto del Otro y del cuerpo en cada niño. Cuáles objetos y de qué manera quedan implicados en este lazo.

Debemos recordar aquello tan preciosamente abordado por Freud en relación a lo Unheimlich, aquello más extraño que es, a la vez, lo más íntimo del sujeto y que se presenta con mucha intensidad en lo familiar mismo.

Conclusión:

El deseo del analista, como lugar de vacío y de alojamiento de la transferencia, como motor y causa, permite inscribir un encuentro consentido y modulado que opera entre el corte y la continuidad, entre la reinvención y la permanencia de una posición siempre interrogada, ahuecada de saber, que acompaña la lectura de los semblantes de la época y el tratamiento de la pulsión por cada uno, para saber y hacer algo nuevo con lo imposible

 
Notas
  1. Intervención en el XIII Congreso Argentino de Salud Mental. Mesa: Niñez y pandemia. Con Mario Goldemberg, Ramón Ubieto, Claudia Lijtinstens y Yael Bendel. Martes 6 de octubre Bs. As. Argentina.
  2. Miller, J.A.: “El Uno de la Escuela Una” disponible en Internet. Página Web de la AMP junio de 2002.
 
 
Kilak | Diseño & Web
2008 - | Departamento de psicoanálisis y filosofía | CICBA